Tiene Buenos Aires qué se yo... La Ciudad está amarilla, pétalos, hojas y nubes caen sin cesar en estos días. Al compás del invierno, infaltable, la música ocupa su lugar de protagonista. Puede ser porque cuando hace frío la melodía abriga un poco, quizás se nos permite concentrarnos más en el sonido para refugiarnos del viento. El domingo volvíamos con Maricel a casa. En el centro nos tomamos el 152. El chofer escuchaba The Wall.
Serían las once de la noche. No me aguanté y le pregunté qué radio era. "No es la radio". -¿Es el disco? "Seeee", dijo con orgullo. Nos sentamos, y empezó a sonar Mother. Los bajos se sintieron más fuerte. A Maricel le empezó a gustar la banda que tantas veces no pudo soportar. Dijo que el sonido era muy bueno, pero que no le gustan las voces de los cantantes. Mientras nos abrazábamos para darnos calor, notamos que la pareja que iba delante nuestro también comentaba que el chofer se había vuelto loco porque los parlantes estaban a todo volúmen. Ambos movían sus manos con el ritmo de la música. Para cuando empezó Goodbye Blue Sky las filas de adelante rezaban para que el micro no frenara, ni siguiera subiendo gente a interrumpir la ópera de rock con sus monótonos "1, 20 por favor".
Uno que cantó casi todas las canciones preguntó si eran los Guns N Roses. "Es Pink Floyd, The Wall" dijo el chofer indignado. "seguro?" volvió el de los guns. No hubo respuesta. Un par de temas después, el milagro. Maricel me pidió que después ponga este disco así lo escuchaba. Cuando bajamos del bondi, le hice un cabezazo de agradecimiento al señor chofer, por el buen rato, la buenísima música y el cambio sobre mi adorable esposa.
No es la primera vez que me pasa algo así. Ya en Diciembre había escrito sobre el efecto de la música los fines de semana.
Y es que Buenos Aires tiene ese no se qué... como la gente que hace covers de Floyd en la Plaza de Florida y Diagonal Norte, que cada tanto me cambian el humor cuando salgo de trabajar.
Ese algo que me hace imposible llegar a la 9 de Julio sin que suene en mi cabeza Callejeros.
Ese toque especial que le ponen dos o tres tipos casuales, desconocidos, repetidos, que casi a diario suben a un subte atestado de gente para hacer fuerza y tocar un par de salsas, con bongós y micrófonos. Pero sobre todo, a pesar del hambre, frío, las miradas asquerosas de un par de pasajeros y la poca colaboración monetaria, con una sonrisa y el gusto de hacer algo que da placer. Como el cubano solitario que con un tamborcito canta siempre "Dos gardenias", o el ciego que canta mejor que Luciano Pereyra.
Siempre quise vivir en Buenos Aires. De a poco voy descubriendo su magia, su ritmo, el sonido oculto en tanto ruido y locura. Hay bares, estadios y calles todavía por recorrer. Pero sobre todo personajes con sus historias en clave de sol.
PD: A todos los que me han saludado por mis 26 Abriles MUCHAS GRACIAS. Les dejo una versión del tema más escuchado en la historia mundial.